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  • Carlos Falagán

Cómo se forja un arquitect@

En estos días en nuestro estudio tenemos varias discusiones sobre cuál es la mejor manera de criticar y corregir un trabajo: si critica dura y descarnada (eso nos hace más fuertes) o refuerzo positivo (buscar siempre algo bueno en el trabajo, aunque tengamos que buscar muy muy en el fondo).


De siempre, en todas las conversaciones entre arquitectos recordando nuestro paso por la escuela, hablamos de algún profesor que podía llegar a hacerle sentir “como la mierda” al alumno que, sin ninguna arma, exponía su trabajo a pecho descubierto. Comentarios como “Tu madre tiene tienda, ¿no? Porque así podrías dedicarte a algo en la vida…”, o en términos parecidos, todos los hemos presenciado o incluso padecido, y no digo nada cuando yo estudiaba si eras una mujer…


¿Quiénes eran estos personajes y, sobre todo, qué pretendían? Yo creo que la mayoría buscaban tapar su mediocridad, pues lo que yo viví con arquitectos como Eduard Bru, Albert Viaplana, o César Portela, entre otros (arquitectos de enorme prestigio y obra reconocida), fue siempre un respeto impresionante al trabajo que realizábamos, sin que eso impidiera la crítica constructiva que proporcionaba un mayor aprendizaje.


Si me gustaría mencionar un caso particular de un profesor de la escuela de Barcelona que tuve en la asignatura de proyectos que, si bien lo podíamos incluir en el primer grupo por sus formas, yo lo retiraría inmediatamente porque desde luego no eran para tapar su mediocridad, pues nunca le escuche ni hacia mí ni hacia ningún compañero una critica que no estuviera cargada de razón, aunque en el momento doliera. Este personaje se llama Jaume Bach y, aunque las pase canutas en su curso, aún a día de hoy (y ya llovió) tengo grabadas a fuego muchas de sus enseñanzas.


¿Qué conclusiones debemos sacar de esto? Pues que no hay un sistema perfecto para enseñar ni tampoco para aprender. Lo más importante es tener de quien aprender y, en la arquitectura, no solo se trata de los profesores que tuvimos, sino de todos los compañeros con los que trabajamos o nos relacionamos, sean mayores o incluso mucho más jóvenes, ya que de todos los intervinientes en este maravilloso oficio de construir sueños (no los nuestros, sino los de nuestros clientes) se aprende: aparejadores, constructores, instaladores… que, aunque parezca que tienen que hacer lo que nosotros digamos, ¡cuántas veces nos han sacado de un apuro!


Siempre nos quejamos de que a nuestra profesión se le ha perdido el respeto, como si hubiera un ente ajeno a nosotros que fuera otorgando o quitando respetos. Pero la realidad es que este lo hemos perdido nosotros solos y solo podemos recuperarlo empezando por RESPETAR nosotros. Primero al cliente y después a todos los que nos acompañan en el camino.


Por cierto, en el estudio seguiremos dando una de cal y otra de arena. Espero que Blanca y Alba lo entiendan como yo lo entiendo cuando me toca a mí.

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